El mundo exterior había dejado de sostener forma mucho antes de admitir su ruina. Colapsó por acumulación de concesiones, por tolerancia a lo impropio, por la renuncia a todo principio de corrección. Lo que entonces se extendía más allá de las fronteras no era una civilización herida, sino un residuo: territorios donde la voluntad se había disuelto, donde la materia y el juicio se deformaban y la continuidad humana había sido reemplazada por una proliferación sin medida. Esa desfiguración no necesitaba ser contemplada de cerca; bastaba observar sus efectos para comprender que el mundo, abandonado a sí mismo, tendía a la corrupción.
Frente a ese proceso, la clausura se impuso como necesidad. Las rutas fueron depuradas, los accesos cerrados, los límites establecidos. Aquello que no podía integrarse sin destruir la forma fue designado con un término preciso: brujería. Se convirtió en categoría de exclusión, una palabra destinada a aislar lo degenerado sin contaminar el lenguaje del orden. Nombrar a los brujos fue un acto de higiene política. Callarlo habría sido complicidad. Así se definió Ausleria.
Esa decisión no se sostuvo únicamente en fronteras ni en dispositivos materiales. Exigió una reorganización interior profunda, una disciplina orientada a ordenar la percepción misma. El orden no podía depender del impulso ni del cálculo individual; debía arraigar en una conciencia formada para reconocer la desviación antes de que adquiriera cuerpo. Eso repetían los instructores, los libros y los juramentos que sostenían la nación: no bastaba obedecer, había que ser exacto, inmutable, ajeno a toda desviación. Egon se aferraba a ese principio como quien se agarra al último vestigio de sí mismo.
Cruzó el portón del puesto de avanzada en el borde de Schrelles con el uniforme de espeleo y la braga de cuello plegada. Era visible el vendaje improvisado que le atravesaba el rostro y que, por su torpeza, tenía algo de ofensa contra el cuidado ceremonial del uniforme. Dos subtenientes custodiaban el control, y al reconocerlo se cuadraron con un saludo.
Egon esperó en silencio mientras uno de ellos abría el armario metálico con las herramientas asignadas al turno. El otro sacó una tablilla de madera donde estaban anotados los nombres de la semana.
—Registro de herramientas, cazador Falkanger.
Egon tomó la tiza y se dispuso a firmar. La tiza chirrió un instante, y ese sonido le recordó que incluso en el gesto más simple se delataba un rastro. Firmó encima del nombre de Anders Dahlmann.
Los subtenientes no preguntaron por qué. No se atrevieron. Tampoco era que no quisieran; era que una pregunta, dirigida al lugar equivocado, podía convertirse en una imputación. En puestos como aquel, la presencia de un cazador alteraba la rutina del mismo modo en que un sello altera un documento por la autoridad que trae consigo. Egon, en el borde de Schrelles, percibía que ese reconocimiento se parecía más a una distancia obligatoria que lo dejaba aislado en medio de hombres que, por disciplina, no podían tratarlo como a un igual.
No eran muchos los designados con ese título: menos de diez hombres en todo el país, escogidos no por antigüedad sino por su utilidad simbólica, de modo que el rango era desplazado por una investidura de carácter ideológico. La autoridad del cazador dependía del hecho de que su presencia suspendía protocolos comunes, como si Ausleria, al enviarlos, admitiera que lo ocurrido en un lugar excedía la norma. Ese exceso, presentado como honor, era una carga: el cazador no era un individuo al servicio de un sistema, era un cuerpo al que se le exigía encarnar disciplina, pureza y eficacia política sin la menor señal de desgaste.
Entre ellos, Egon Falkanger ocupaba una posición frágil. Su juventud lo hacía objeto de observación y el apellido añadía una capa de exigencia sin margen de error. Ser hijo del general no le abría espacio; lo cancelaba. Durante años había sostenido la continuidad del ideal nacional. Hasta que falló.
La evidencia de esa caída estaba en su rostro. Donde antes se le atribuía una perfección simbólica, definida en la simetría de sus rasgos, ahora se imponía una fractura nasal desplazada con violencia, mal contenida por el vendaje, demasiado visible para ser negada y, sobre todo, imposible de integrar a la liturgia del heroísmo. Ningún relato podía sostenerla, pues aquel golpe no justificaba disciplina; la desmentía.
Desde la garita, el capitán Henrich Essert lo observó sin cambiar la expresión. Alzó el auricular del teléfono interno y marcó una extensión breve. El clic al otro lado fue suficiente. Colgó sin dar instrucciones. En el tablón de registros se activó una luz verde, señal discreta de que el procedimiento seguía su curso.
Por las ranuras de la cantera se filtraba el viento y, mezclado con ese soplo moribundo, un chasquido metálico quebró la quietud: la reja acababa de abrirse. La silueta del joven cazador cruzó el umbral y se perdió en la oscuridad. El capitán se encendió un cigarrillo. No era asunto suyo.
El corredor de hormigón descendía en una espiral estrecha, trazada en un tiempo en que aún se confiaba en la estabilidad del subsuelo. Antaño esa ruta de servicio comunicaba con túneles; ahora conducía a la falla del sector. Egon había dejado su firma en el registro norte y debía desaparecer antes del cambio de guardia. Un paso en falso bastaría para que la irregularidad comenzara a circular.
Cuando encontró la compuerta de evacuación, encajó la palanca y la forzó hasta que el metal cedió de golpe. El impacto le sacudió el rostro y sintió la sangre humedecerle el vendaje. El cuerpo recordaba lo que él prefería no pensar.
Bajo sus pies se abrió un pozo vertical sin fondo visible, una perforación funcional que atravesaba capas de roca sometidas durante décadas a vibraciones y cargas acumuladas. Egon conectó el arnés y fijó los anclajes. El descenso comenzó de inmediato. La cuerda rozaba la pared y el espacio se cerraba con rapidez, imponiendo posturas que no admitían rectificación. Cada metro descendido anulaba una posibilidad de retorno.
Al tercer punto de fijación, mientras colgaba en diagonal, detuvo el taladro y apoyó la frente contra la roca. La respiración le llegó tarde, como si el aire necesitara un instante adicional para reconocerlo. Ese retraso mínimo bastó para que se produjera una desviación interior, una pérdida de sincronía que abrió paso a una imagen impropia.
Anne de pie, con su blusa blanca y la mirada triste. Las palabras de su último encuentro fueron irrelevantes, repetidas hasta vaciarse de sentido; hablaban de la soledad de ella, de su ausencia continua, de ese hijo que no iba a acompañar nunca sus pasos. Luego el acto que había cerrado la discusión: la fotografía de ambos reventándose contra el suelo esparciendo los fragmentos de vidrio como escarcha sucia. Ella lloró, encerrándose tras una puerta para ponerse a salvo de él.
En el silencio posterior, Egon había entendido —con la lucidez que solo da la vergüenza— que había repetido el impulso que juró no heredar. No dijo nada, tomó el abrigo y se marchó, dejando la ruptura a la deriva.
El roce tenso de la cuerda contra el pecho interrumpió el recuerdo. Abrió los ojos: la oscuridad seguía allí, intacta, y la cuerda pendía entre sus dedos. El último vestigio que quedó de Anne fue la frase de la carta, escrita en tinta gris: «No quiero culparte. No puedo». Palabras residuales. Nada que rescatar.
El descenso concluyó en una saliente oblicua que no permitía enderezarse. Cayó sobre una rodilla y avanzó arrastrándose hasta una abertura más baja. La cámara en la que emergió estaba cerrada, retirada del trazado funcional, sin circulación de aire ni eco reconocible. No era un espacio olvidado: había sido excluido. La quietud que lo habitaba no era calma, sino suspensión.
El pilar secundario presentaba un desplazamiento evidente. Una vibración acumulada había alterado su eje. El tendido de cables mostraba signos de corrosión, una capa mineral avanzando sobre el recubrimiento.
Fijó el punto de apoyo y respiró hondo. El aire espeso le llenó la boca con un sabor terroso. El cuerpo reaccionó: hombros tensos, piernas firmes, manos buscando la herramienta correcta. La sensación de estar suspendido en algo más grande —un deber, el último intento de ordenar su propia vida— le dio la determinación que necesitaba para estabilizar el pilar.
Empujó, ajustó, corrigió. A cada tracción del metal sentía cómo la ráfaga de dolor en el rostro crecía. El sudor le bajaba por la frente. Daba igual. El cuerpo sabía mantener ese ritmo: medir fuerza, dosificar respiración e ignorar el resto.
La cuerda metálica cedió apenas unos milímetros. Fue suficiente. Reajustó el broche, giró el soporte y fijó el nuevo punto. El último tramo lo obligó a trabajar en un ángulo impropio, presionando la cadera contra la roca para sostener el equilibrio. La cuerda principal colgaba a su espalda, recordándole que la verticalidad no era una garantía, sino una condición precaria.
El movimiento final fue rápido, involuntario. Acomodó el último soporte, alineó el pilar, fijó los cables. Quedó perfecto. Por un segundo quedó quieto, con la mano apoyada en el metal y el cuerpo entero temblando. La forma había sido restituida. No había informe que registrara ese gesto ni jerarquía que lo autorizara. Solo quedaba el hecho, ejecutado fuera de toda necesidad colectiva.
La conciencia regresó de forma abrupta. Estaba solo, en un punto muerto, sin autorización ni segundo operador. Y aun así, la corrección había sido ejecutada. El registro, la firma sobre el nombre de Dahlmann, el descenso por una ruta clausurada, todo se ordenó en su mente no como una suma de actos, sino como una secuencia cerrada, coherente en su desviación.
No hubo orgullo ni alivio. Lo que apareció fue una constatación fría: No había descendido por Ausleria. Había descendido para sostener una imagen deteriorada, para restituir por vía técnica un valor que ya no se le reconocía. El método había sido empleado con exactitud, pero al servicio de un fin privado. Un uso impropio. Una falta sin testigo.
Optó por el silencio. El informe consignaría únicamente lo verificable: duración, precisión, eficacia. Todo aquello que no pudiera ser registrado quedaría absorbido por la piedra, sin archivo ni réplica.
Esa decisión, tan pequeña, le pesó como una renuncia. El casco golpeó la piedra y cerró los ojos para respirar. Quiso ordenar las sensaciones, pero lo único que logró fue ver la frase de la carta: «No quiero culparte. No puedo». Había recuperado valor por la fuerza, mediante un acto de salvaje egoísmo. Y el cuerpo, fiel a esa confesión, empezó a cerrarse.
Tomó aire, afianzó las manos en la roca y se dispuso a regresar. Al dar el primer impulso sintió que el aire se quedaba corto, como si la cavidad hubiera perdido su último resto de oxígeno. Y por si fuera poco, notó que el suelo cedía. Se sostuvo como pudo, clavando el antebrazo en la piedra, pero Egon no logró recuperar la estabilidad. El cuerpo, tan preciso minutos antes, ahora respondía con torpeza, como si hubiera olvidado su propio peso.
Intentó trepar. La cuerda principal se mecía de un modo irregular, señal de que la placa había alterado el eje. Subió medio metro y sintió un desgarro. No supo si provenía del músculo o de la roca. La lámpara parpadeó, reduciendo la profundidad del entorno a un círculo mínimo donde solo cabían sus manos y el fragmento de pared que intentaba dominar.
Se aferró más alto, buscando un punto que no existía, y el mundo perdió estabilidad: la luz inclinada, el suelo remoto, la roca ejerciendo un peso horizontal. Respondió con un instinto que solo sirve para ganar segundos.
Intentó subir un metro más, pero la ausencia de aire volvió inútiles los músculos. Se aceleró la asfixia; no quedaba circulación dentro de la cámara. Allí fue cuando su visión se estrechó y la cueva pareció plegarse sobre sí misma. Los ruidos se silenciaron, como si algo hubiera desconectado la realidad en capas. Egon alcanzó a reconocer un detalle mínimo —un latido irregular dentro del oído, como especie de pulsación ajena— y ese gesto de atención terminó de desordenarlo todo.
Perdió la visión, y los pensamientos, antes frenéticos y acelerados, comenzaron a partirse en fragmentos sueltos, incapaces de alcanzarse entre sí. El rostro de ella, tan presente y tan claro en su mente, había desaparecido. El tono de voz de su padre, con esa autoridad que tanto lo había marcado, se apagó en la nada, e incluso el nombre de su propio cuerpo también se evaporó. El mundo, desprovisto de forma, se volvió anterior al símbolo.
«Demasiado abajo. Demasiado dentro. Ya no hay retorno.»
No pensó esas palabras; ya no existía el pensamiento. Una voz se las impuso con una certeza invasiva, brotando entre los pliegues de su conciencia. Algo antiguo, más viejo que el lenguaje o el instinto, se las había entregado.
Todo juicio desapareció, también el propósito. Quedó una quietud vasta, prenatal, que lo desnudaba del pasado. La cavidad, ahora suave y cálida, lo envolvía en una neutralidad materna, y ascendía por ese canal invertido, como quien retorna al origen.
Lo guiaba una luz azul, débil y estática, una claridad sin fuente ni calor, que le revelaba el final de ese trayecto: lo esperaba el altar.
Tal arquitectura, brutal y exacta, no correspondía a manos humanas. No había símbolo reconocible, sólo un orden antiguo, anterior a lo sagrado y a lo profano. En el centro, una lanza clavada, vertical, sobre un cuenco de piedra. Parecía estarlo esperando, como si hubiese aguardado siglos por ese cuerpo específico, por esa sangre en particular.
Se arrastró primero, empujándose con los codos. Cuando estuvo lo bastante cerca, apoyó una rodilla y se incorporó, tambaleante. Sus manos temblaban, pero el miedo no estaba ahí. Era un estremecimiento iniciático, inducido por la cercanía a lo absoluto. Extendió los brazos y empuñó la lanza con ambas manos, no para alzarla, sino para anclarse. Estaba tibia. Era el calor de lo vivo.
Su punta, fija a la altura de su corazón, lo llamó. Inclinó el torso hasta que su pecho encontró el filo, y se dejó ir. La carne la recibió sin oponerse.
La sangre bajó, espesa y callada, hasta llenar el cuenco con la naturalidad de un ritual. La ofrenda de sangre cerraba el rito, una transición hacia algo más allá de la condición humana. No sintió dolor. Sintió pérdida. Algo en él, que llevaba su nombre y su memoria, se desprendía y quedaba atrás. Un juramento se había sellado.
Egon Falkanger entregó su cuerpo en un pacto de sangre.